Perfeccionismo e hipercriticismo
En la sociedad occidental en la que vivimos, cada uno de nosotros es constantemente exhortado a mejorar y dar siempre el máximo. El perfeccionismo está presente en distintas áreas de nuestra vida: laboral, escolar, en las relaciones sociales, en el cuidado del aspecto físico, etcétera.
Desde pequeños, la mayoría de nosotros aprende que para obtener la aprobación de los demás es necesario satisfacer ciertos estándares de comportamiento. Además de tales presiones externas, muchas personas perciben también un fuerte impulso interior a alcanzar o mantener determinados niveles de rendimiento.
Sería útil hacerse una pregunta: ¿se puede hablar de perfeccionismo o solo de un sano deseo de mejorarse que apunta a la consecución de importantes objetivos de vida?
El perfeccionismo resulta ser insano cuando los estándares son excesivamente elevados e irrealistas, por tanto por encima de las posibilidades reales, y puede presentar algunas de las siguientes características:
- Expectativas tan irrazonables que comprometen a menudo el rendimiento individual;
- Interpretación del error como índice de fracaso;
- Autoevaluaciones severas basadas en el pensamiento todo o nada;
- Desconfianza en las propias capacidades;
- Sobreestimación de las expectativas ajenas;
- Temor al juicio.
El perfeccionismo a menudo camina de la mano con el hipercriticismo: a la autoimposición de estándares excesivamente severos se asocia la incapacidad de aceptar los propios errores. La integración entre los dos resulta ser muy difícil, razón por la cual si al perfeccionismo añadimos también una dosis de hipercriticismo sucede que, aunque se alcancen los propios objetivos, algo de todos modos no estará bien porque has tardado demasiado, deberías haberlo hecho antes, no es como esperabas, etcétera.
El placer es un ingrediente esencial y necesario para perseguir nuestros propósitos. El ser humano funciona así, quiere gratificación. De lo contrario pierde la motivación y el gusto por hacer las cosas.
Lograr las cosas depende justamente del equilibrio entre deber y placer. Son dos dimensiones interdependientes y necesarias.


